Basta con
fingirme libre para volver a escribir. Es que no importa si esa libertad es,
hoy y siempre, tan solo un juego.
Después de
todo, no me van a negar que la vida se
compone casi pura y exclusivamente de asíntotas, de un quiero, quiero, me
estiro, pero no puedo, nunca puedo.
Nunca llegar, ir más allá. ¿Pero qué me diría el profesor de matemática
si una mañana, entre mate y mate, entre azúcar y bizcochitos, le planteo que
para llegar al infinito solo hay que quererlo?
Uf, querida, cuanto te falta.
Quiero jugar
a ser libre, quiero una libertad visceral, que me trascienda. Que desemboque,
irremediablemente, en poesía. Y no una
poesía sellada, de pseudointelectual sufrida, una poesía que surja de las
entrañas mismas de la tierra, que se caiga casi como sin querer, casi como si
nadie fuera a leerla, de algún bolsillo escondido de la mochila.
Qué bien me
queda de pronto el disfraz de Ekeko. El pucho en la boca sonriente, el vinito
bien a mano, esperando el solsticio de verano mientras revuelvo despreocupada fardos
y equipajes. Y asi nomás, como si nada, se me van perdiendo un par de poemas,
se vuelan con el viento de otoño, por
ahí alguien los caza al vuelo, y si no, no importa.
No importa,
porque total ya no sé quién soy, y la sonrisa se me escapa inevitablemente. Qué
lindo es mi barrio para caminar en otoño, pensé, y así fue como se me fueron
perdiendo, quedando olvidados en las baldosas junto a las hojas amarillas, pedacitos
de identidad acartonada.
De repente me reconocí gitana, pero ¿Cómo? ¿En
qué orgía de cromosomas, baile desenfrenado, entro en juego esta urgencia
vagabunda?
Papá, ¿cómo
te fue en Singapur? No sé, hija, mucho trabajo. Mamá, ¿Por qué no te venís
conmigo a Salta? Pero no, hija, como hago para levantarme después de una noche
en carpa.
No me vengan
con chamuyos de socialización secundaria y construcción cultural, lo mío es
visceral, entrañable, es una urgencia biológica de movimiento, de acción.
Siete, ocho,
nueve años como mucho, tenía. Gitanos, juglares, malabaristas, cuenteros se me
escapaban de los libros, los ojos como bichitos de luz, titilando, como
diciendo, ¡Sí, así quiero ser yo! Vagabundeos errantes, caravanas variopintas, canciones
y cuentos brillando tras el fuego, viento
y libertad, ¡Sí, así quiero ser yo!
Creo que en
algún momento pensé que no importaba. Que bastaba con estudiar Arte en alguna ciudad
europea, prenderme un cigarro (Gitanes,
más vale) bajo la tormenta, comprarme bufandas de colores porque qué parisina
que parezco si las combino con el saco negro.
Despeinarme
un poquito, calzarme las medias rojas, saco otro pucho de la cajita azul y soy
La Maga. Como si alcanzara. En el fondo,
siempre tuve mariposas violetas en las plantas de los pies.
Ojo, no es
que no me guste tomarme unos vinitos en el cordón de la vereda, a la sombra de
cada edificio porteño, compartir sin reservas proyectos poéticos,
revolucionarios. Ojo, no es que no me encante que me alguien me prenda el Gitanes con ojitos brillantes, mientras
sigue, desconsiderado, escupiendo la prosa más mágica.
Pero ahí están
las mariposas, y en cuanto me descuido se me escapan de las alpargatas y
apuntan, inescrupulosamente, a la panza. De ahí directo a la cabeza, y no queda
otra flaquita, hay que moverse. Ya sé
que querés escribir mirando la luna por la ventana, pero ¿no te das cuenta que
acá no se ven las estrellas? En esta ciudad falta sol y sobran rejas.