miércoles, 9 de mayo de 2012

Gitanes


Basta con fingirme libre para volver a escribir. Es que no importa si esa libertad es, hoy y siempre, tan solo un juego. 
Después de todo, no me  van a negar que la vida se compone casi pura y exclusivamente de asíntotas, de un quiero, quiero, me estiro, pero no puedo, nunca puedo.  Nunca llegar, ir más allá. ¿Pero qué me diría el profesor de matemática si una mañana, entre mate y mate, entre azúcar y bizcochitos, le planteo que para llegar al infinito solo hay que quererlo?  Uf, querida, cuanto te falta.
Quiero jugar a ser libre, quiero una libertad visceral, que me trascienda. Que desemboque, irremediablemente, en poesía.  Y no una poesía sellada, de pseudointelectual sufrida, una poesía que surja de las entrañas mismas de la tierra, que se caiga casi como sin querer, casi como si nadie fuera a leerla, de algún bolsillo escondido de la mochila.
Qué bien me queda de pronto el disfraz de Ekeko. El pucho en la boca sonriente, el vinito bien a mano, esperando el solsticio de verano mientras revuelvo despreocupada fardos y equipajes. Y asi nomás, como si nada, se me van perdiendo un par de poemas, se vuelan con el viento de otoño,  por ahí alguien los caza al vuelo, y si no, no importa.
No importa, porque total ya no sé quién soy, y la sonrisa se me escapa inevitablemente. Qué lindo es mi barrio para caminar en otoño, pensé, y así fue como se me fueron perdiendo, quedando olvidados en las baldosas junto a las hojas amarillas, pedacitos de identidad acartonada.
 De repente me reconocí gitana, pero ¿Cómo? ¿En qué orgía de cromosomas, baile desenfrenado, entro en juego esta urgencia vagabunda?
Papá, ¿cómo te fue en Singapur? No sé, hija, mucho trabajo. Mamá, ¿Por qué no te venís conmigo a Salta? Pero no, hija, como hago para levantarme después de una noche en carpa.
No me vengan con chamuyos de socialización secundaria y construcción cultural, lo mío es visceral, entrañable, es una urgencia biológica de movimiento, de acción.
Siete, ocho, nueve años como mucho, tenía. Gitanos, juglares, malabaristas, cuenteros se me escapaban de los libros, los ojos como bichitos de luz, titilando, como diciendo, ¡Sí, así quiero ser yo! Vagabundeos errantes, caravanas variopintas, canciones y cuentos  brillando tras el fuego, viento y libertad, ¡Sí, así quiero ser yo!
Creo que en algún momento pensé que no importaba. Que bastaba con estudiar Arte en alguna ciudad europea, prenderme un cigarro (Gitanes, más vale) bajo la tormenta, comprarme bufandas de colores porque qué parisina que parezco si las combino con el saco negro.
Despeinarme un poquito, calzarme las medias rojas, saco otro pucho de la cajita azul y soy La Maga.  Como si alcanzara. En el fondo, siempre tuve mariposas violetas en las plantas de los pies.
Ojo, no es que no me guste tomarme unos vinitos en el cordón de la vereda, a la sombra de cada edificio porteño, compartir sin reservas proyectos poéticos, revolucionarios. Ojo, no es que no me encante que me alguien me prenda el Gitanes con ojitos brillantes, mientras sigue, desconsiderado, escupiendo la prosa más mágica.
Pero ahí están las mariposas, y en cuanto me descuido se me escapan de las alpargatas y apuntan, inescrupulosamente, a la panza. De ahí directo a la cabeza, y no queda otra flaquita, hay que moverse.  Ya sé que querés escribir mirando la luna por la ventana, pero ¿no te das cuenta que acá no se ven las estrellas? En esta ciudad falta sol y sobran rejas.

martes, 8 de mayo de 2012

Nos vamos


¿Será que en el fondo, la libertad desapoema? O mejor dicho… ¿Será que en la ciudad es más fácil encontrar la poesía escondida entre grietas del cemento o colgando como una grulla perdida de algún semáforo o tan solo un puntito verde en  la más pura escala de grises?
La luna llena que sorprende mis mates despeinados, que me arranca un suspiro de asombro que se confunde, distraído, con el ruido de la llave destrabando la reja, con mis zapatillas grises pisando hojas amarillas, con Aristimuño que arranca a sonar, suavecito, en mis auriculares rotos. Hoy se respira viento sur.  ¡Y cuanto, Lisandro! Cuanto viento sur que se respira estos días, tan grises, tan porteños, tan míos.  
Y sin embargo nunca fue tan fácil encontrar la poesía, en mi carcajada de bondi, de lunes, de siete de la mañana.  La ciudad, perfecto significante de la angustia, escribí alguna vez, otra luna llena, el punto cúlmine en que el desamor se transforma en náusea.
 ¿Entonces? ¿Qué mejor resignificación de esa angustia que la poesía? ¿Qué más parecido a la poesía que una flor que brota, rebelde, entre la basura?  
Nunca nada más rebelde que un primer beso en un bondi-sardina, que un amanecer desgajante que se come la luna tras la Panamericana, que tres sonrisas que se chocan en una esquina gris de Florida.   
Desmadrugada, sonriente, una pieza suelta, multicolor, en un rompecabezas que no se reconoce a sí mismo, espero mi turno para rendir un examen, para demostrarle a alguien que aprendí cosas que no aprendí, que no quiero aprender.  Los ojos se me van,  bailando por la vereda recién baldeada, mejor no me hablen, que otra vez me ando preguntando qué es la poesía, qué es la revolución.
A ella, su mamá le explico que en la Asamblea, cuando alguien habla, los demás escuchan. Entonces su voz se vuelve bichito, vaquita de San Antonio, cuando me pregunta, al oído: ¿Qué es la miseria?  Su hermanito, más tarde, va a enseñarme, inquebrantable, a bailar una chacarera. Si sí, ¡así se zarandea!  Eso es poesía. Eso es revolución.  O una vez más, se le parece bastante.
Como algún mimo que dejas caer cuando me pasas por al lado, casi sin darte cuenta, como si te sobrarán, como si jugarás,  como si fuera un yuyito, un chorrito de limón en el mate que te estoy cebando. Como una mariposa perdida que se me abre paso por el ombligo cuando te veo sonreír.  
Siempre las sonrisas son revoluciones. Y si no… les juro que esta se le parece bastante.
Libertad, poesía, sonrisas, revolución. ¿Siempre lo mismo, vos, che?
¿No sabes hablar de otra cosa? No, no por favor, denme el empleo, también se escribir sobre mate, canciones, vino tinto, soles, bicicletas. Ah, y alpargatas. Siempre alpargatas.  A veces naranjas. Y  el río, también. El otro día escribí sobre un guiso de lentejas y  el Subcomandante Marcos, dele, no sea así.
Es que tal vez mi vida no guste ser mucho más que eso.  Tal vez mis cotidianeidades se conviertan, sin notarlo, en esta paz lisita y gris de domingo a la mañana, despertando entre suspiros sobre una espalda desconocida, entre besos y matecitos, dulces y satisfechos, monótonos e intrascendentes.
O tal vez, antes de llegar al punto del no retorno de la comodidad porteña, de la alegría, legítima pero insignificante, de unas pelis con nesquik un día de lluvia, de la poesía naciendo de la luna que se ve a través de las rejas de la ventana, algo cambie de pronto.
Tal vez una mano amiga te pase otro tinto con la mirada perdida en Aznar cantándole a Spinetta, con los pies firmes en el cemento y el alma volando bien alto, y con una voz traviesa, que parece más bien un sueño y tal vez lo sea,  te diga, como al pasar, como si nada “Loca, nos vamos?” Y si, loca… Nos vamos… 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Ahi va


Esa mezcla de placer y dolor,
tener un sol en el pecho.
Tanto fuego que no puede quemar
tanto cielo bajo techo.
Cuatro Pesos de Propina

Qué cosa esa de querer ponerle nombre a todo. Rótulo va, rótulo viene, mientras tanto la vida se te va escapando, como despacito, como jugando a las escondidas, como derritiéndose con el sol de invierno, deslizándose en el desorden de tu mente.
Qué alegría entonces cuando por fin no puedo nombrar algo, cuando la felicidad no es un concepto, una definición, una fórmula que puede repetirse una y otra vez, en cada momento, en cada lugar. La felicidad es solo retacitos de vida cosidos con hilos de colores, hilos de luna, hilos de amor.  La felicidad es un guiso de lentejas con vino tinto. La felicidad es dormirme en tu piel mientras escucho, de fondo, como acunándome, el ruido de las páginas de tu libro del Subcomandante Marcos.  La felicidad es una chacarera en la calle, la felicidad es un mate a la mañana, la felicidad es una canción de Alejandro Balbis, la felicidad es el sol acariciándome entre los dedos.  O por lo menos se parece bastante.
Y, es que, ¿qué más puedo hacer cuando descubro que tengo un sol en el pecho, un fuego que no puede quemar tanto cielo bajo techo?  Nada más que asumirlo. Nada más que aceptar de una puta vez que no, que vos no naciste para esto, loca, para la inmovilidad insatisfecha, para la tristeza gris, para este juego infinito de competencia desesperada, propiedad privada, monogamia obligatoria.  Nadie nació para eso. Ahí va. La revolución se viene en todas partes, pero vos acá no sabes jugar. (Solo) Llorando por el mundo  no vamos a ninguna parte. Hay que moverse. Moverse. Moverse. Amar. Brillar. Dejar que el sol estalle cada una de nuestras estructuras caducas. El sol de afuera y el sol de adentro.  Escribir, otra vez escribir. Hacer el amor. Mucho. Amar. Amar. Amar.
¿Qué esto no es poesía? Basta de rótulos. Tal vez hoy ya no me llame más Camila. Tal vez hoy escriba con los pies.  Me parece que sí. Ayer pude volver a mirarte a los ojos. Eso me alcanza. Porque por fin descubrí, que tengo un sol en el pecho.  Y que no puede estar más ahí encerrado, se le terminó el tiempo. Nos vamos, corazón. Nos vamos. Si. Nos fuimos. 

domingo, 29 de abril de 2012

Vuelta y vuelta

Hola, si, volvi. No fue mi culpa, juro que no. El facebook me capto-coopto. Pero empiezo a salir.

Sabado a la noche otra vez


"No tomes mate ahora, que no te vas a poder dormir” Es que mamá, ¿no te das cuenta? Yo no quiero estar dormida. Quiero dibujar el mundo esta madrugada, quiero parir caminos con los ojos bien abiertos.  Y las orejas, claro.  ¿Qué día es hoy? Nadie le escribe canciones a los miércoles. Otro jueves cobarde, lunes por la madrugada, It’s Friday I’m in love. ¿Y el miércoles, es que el miércoles no existe? Che, pero hoy es sábado. No importa, yo tengo puesto un piyama con monos que andan en bicicleta, no hay nada más miércoles que eso.  Mejor que ni me acuerde que es sábado a la noche y yo estoy en piyama escribiendo esto.  Un piyama celeste. Con monos que andan en bicicleta. Pero, ¡por favor!
¿Poeta? Que descarada. Una poeta que encuentra la inspiración en semáforos y edificios, en los yuyos que asoman entre las baldosas, pero no es capaz ni de anotarlo en el boleto de colectivo para no olvidarse. Una poeta que llega a su casa a la madrugada manchando de tinta las paredes, el interruptor de la luz, el botón del inodoro.  Por fin volviste a escribir.  No, se me exploto la birome mientras buscaba las llaves.
Aunque por otro lado, poesía, ¿para qué? Concentrate en ser hermosa, admirada, exitosa. Aprovecha tu talento, nena, vos naciste para algo grande. Doctora, como mínimo, Licenciada. Mientras, conseguite un novio con auto que te lleve a cenar los sabados a la noche, así te ahorras el patetismo de estar en piyama escribiendo y escuchando Lisandro Aristimuño. Cebando el mate que le robaste a tu amiga, envuelta en el humo del sahumerio que le sacaste a tu mamá. Ni para sahumerios tenes plata, loca, replantéate tu vida un poquito.  Y de yerba ni hablemos.
Siempre la misma historia, para que escribir si alguien ya lo escribió antes. Como decirlo de otra manera, si es exactamente eso, si no quiero un amor civilizado, con recibo, ni escena del sofá. A mí me alcanza con alguien que me cebe unos matecitos a la mañana, que me sonría de repente, que me ponga la piel de gallina con un abrazo revolucionario. Ponele.
Claro, siempre te caracterizaste por tropezar una, dos, tres, cuatro, mil veces con la misma piedra. Otra vez hablando con vos misma. Otra vez limitándote los horizontes. Yo no quiero, me alcanza con. ¿Desde cuándo tenés las cosas tan claras? Dejate de joder. 
El amor es el cauce de un río compartido, canta un hermano rioplatense que me acaricia el insomnio, los ojos enraizados.  ¿Entonces? Que fluya. Desorganizate, desármate, desenrédate.
Escapate de una clase que te aliena y cébate unos calentitos en la plaza, tomate despacito unos rayitos de sol de invierno.   Miralo a los ojos, que por ahí es en serio. Por ahí es verdad,  y eso que ves en sus ojos tiene bastante que ver con la revolución. No sé, no importa.  Pero otra vez, lo último que se pierde es la sonrisa. Esta vez, lo último que se pierde, es la esperanza.


Sobre ser poeta o mas bien una boluda que escribe


No sé, la verdad que no sé. Y no me digas que no sé no es una respuesta, ya te escuche la primera vez que lo dijiste.  No sé si todo es poetizable. Y no sé por qué entonces siempre me siento una vez más, desafiante, desenfrenada, ante la hoja en blanco, como si eso cambiara algo, como si eso reinventara la realidad que no me conforma  No sé si es poesía esto de convertir en letras cada una de las neurosis que se repiten una y otra vez cada luna llena.
Debe ser que alguna vez me dijeron que escribiendo, jugando a la poeta desalmada, se logra trascender la locura. Alguien me conto por ahí que jugando al arte, podemos apoderamos de la tristeza, podemos darle forma, redondearla, masticarla, acariciarla, romperla en infinitos pedacitos,  destinados a cada uno de nuestros anónimos receptores.
Ellos, a partir de ese momento cargaran, involuntariamente, sin saberlo, con un poquito del peso de nuestra mochila-realidad.
Pero no. A mí nunca me alcanzo. Y por eso todo lo que escribo parece siempre solo otra cara de una moneda multiforme, polifacética. Una moneda que nunca se trasciende a si misma, siempre se queda, estancada, embarrada, en el mismo lugar del camino, como si se hubiera caído del sombrero de cualquier artista callejero que pasaba por ahí. 
Tampoco logre jamás ser menos loca, menos triste, por leérselo en voz alta a cualquier otro poeta amigo, a cualquier otra chiflada enamorada.
 Pero resulta que nadie me dijo nunca nada sobre leerme en un bar porteño, con paredes multicolores y aquella avenida de fondo, sobre hacerlo voz y ritmo entre tantos espirales y semaforos, ante unos cuantos desconocidos, un puñado de poetas que me miran y me escuchan escondida tras esta nariz de payasa. Así que probemos, pues.  Tal vez mañana te quiera un poco menos.
O tal vez, efectivamente, te descubra mirándome con un helado en la mano, mientras yo me hago la boluda con los bolsillos llenos de caramelos y la panza, otra vez, llena de mariposas.  Y seguramente entonces, terminemos caminando una vez más abrazados por el barrio, que huele a jazmín y a melón, como si fuera, una vez más, primavera.
Entonces, nada más que reírme de vuelta a carcajadas con cada una de tus payasadas, nada más que mirarte con ojos de tonta y volver a casa en aquel eterno colectivo azul escuchando León Gieco y agradeciendo. Agradeciendo que existas. Y agradeciendo siempre poder escribir para escaparle a la locura.

Retazos de la otra orilla


Todos tenemos un cuento
 para reír y llorar,
somos payasos que el viento
trajo a la orilla del mar
Agarrate Catalina

Porque una orilla o la otra orilla, lo mismo da. Es la misma luna sobre el mismo río, izquierda o derecha es solo una cuestión de perspectiva. Es que en este cuento, me tocó nacer rioplatense. Noctilucas o bichitos de luz, Kiyu o San Isidro alimentándome alegría. Sonrisas que son revoluciones, la luna redonda y hermosa como una naranja, esta vez poco importa donde se paran los pies, mi cielo no es ni uruguayo ni argentino.
Los ojos gigantes y desarticulados, la sonrisa agrietada por miles de emociones alunadas, la carcajada y la nostalgia inesperada de pisar por primera vez un tablado. Vino tinto y Montevideo, amor desordenado, como no, hermano, esto es arte, arte, arte y nuestra revolución, es la alegría. En mi piel, es el mismo amor que brota rebelde, como una florcita entre la arena y la basura, como un destello de Perota chingo en el río porteño, a la sombra del Bosque Alegre o el Vial Costero.
Una chacarera o un candombe, que importa si todo me lo regala tu guitarra, el efecto terremoto de tu voz que mueve el mundo, el sol, el mar.
Somos payasos de este o aquel lado, tu risa, mi risa, son pura poesía que se enrieda, se enraiza aun en lo más gris de esta ciudad, aun cuando un semáforo no es un ombú, aun cuando Ballester no es Punta del Diablo. No importa, si todo es un ventarrón de risas y letras, circulando en espirales infinitos de música, poesía, coincidías y sincronencias.
Monigote en la arena es cosa que dura poco, cuenta el cuento de una hermana pequeñita como bichito de luz en los juncos. Pero como evitar enamorarse del viento, que nos lleva y nos trae, de una orilla a la otra, siempre despeinados, siempre con los bolsillos llenos de piedritas y papeluchos, con las uñas despintadas, el mate calentito, el alma sonriente. La fiesta de volver a casa con un pan y una manteca, con una mochila llena de noctilucas y canciones y flores y risas y humo y juguetes.
Que importa lo poco que dure nuestro monigote, sea cual sea el lado del río. Que importa si al final, siempre es el viento y la arena, si al final, siempre, lo último que se borra es la sonrisa.